Dentro de la gran masa intangible de la llamada cultura popular, hay por ahí una sentencia que afirma que "el papel aguanta todo". (Si no lo creen, pregúntenle al papel higiénico). No tengo idea de cuándo ni dónde se acuñó dicha frase, pero lo que sí tengo claro es que los tiempos han cambiado. Hoy por hoy, siendo testigo de toda la catástrofe ecológica causada por la prepotente indiferencia de la especie humana, esa frase me suena bastante canalla. Es la aprobación sin justificación de todo lo malo y lo inútil que se ha hecho con el producto de la explotación de innumerables bosques. Y dentro de lo inútil se ubica el ejemplo de hoy.
Se presentó una mañana como cualquiera entre semana, un día de esos agitados en los que uno va presuroso dando largos pasos al compás de cortas reflexiones. Ya había logrado superar la asfixiante "comodidad" de nuestro envidiable sistema de transporte público, ese que dizque nos cambió la vida al acomodar nueve parroquianos por metro cuadrado. Eso significaba también que ya había perdido quizá una hora u hora y media en un viaje que supuestamente duraría de 20 a 25 minutos. Ya había pasado invicto la prueba con la que todos los días el mercado de la lástima intenta romper la indiferencia de mi amigo el puma en cada puente peatonal que cruza (esta vez, cuatro veces en el mismo puente). Ahora venía la tercera prueba de esta olimpiada cotidiana, la veloz caminata de obstáculos, esquivando a aquella multitud de lentos para los que parece que el tiempo no transcurre con la misma velocidad. Se entiende por qué muchos de ellos son cafeinómanos desde que llegan a sus oficinas ("Rosita, ¿me regala un tintico?"), ya que cuando van por la calle parecen dormidos. Pero debo bajar mi velocidad, porque esta vez hay un elemento extraño en el paisaje.


Y por supuesto, me rehuso a entender por qué en esta época en la que hay tantas formas inteligentes de promover cualquier cosa, estos señores recurren a lo qué más daño ambiental y basura produce, como lo fueron esos volantes que, según lo visto, a la gran mayoría del público le importaron un carajo. Sí, señores: a mí, su bendito mundial de fútbol y en general lo que tenga que ver con ese jueguito me importan un c... omino.